EL TEJIDO ADIPOSO: UN ACTOR CLAVE Y MODIFICABLE EN EL ENVEJECIMIENTO CEREBRAL

Durante décadas, el envejecimiento cerebral fue considerado un proceso fundamentalmente intrínseco al sistema nervioso central. Sin embargo, una revisión reciente publicada en Brain Research redefine esta visión al proponer que el tejido adiposo actúa como un regulador sistémico del envejecimiento cerebral. Más que un simple depósito de energía, el tejido adiposo funciona como un órgano endocrino, inmunológico y metabólico capaz de influir profundamente sobre la estructura y función cerebral a lo largo de la vida.

La evidencia epidemiológica, experimental y de neuroimagen muestra que la expansión del tejido adiposo visceral, característica de la obesidad y del envejecimiento, se asocia con un mayor riesgo de deterioro cognitivo, atrofia cerebral y enfermedades neurodegenerativas. Este efecto parece estar mediado por múltiples mecanismos interconectados. Entre ellos destacan la inflamación crónica de bajo grado (metainflamación), la resistencia a la insulina, la dislipidemia, el desequilibrio de adipoquinas y la acumulación de células senescentes dentro del tejido adiposo. Estas alteraciones generan una señalización sistémica capaz de alcanzar el cerebro y modificar su biología. El exceso de citoquinas proinflamatorias, ácidos grasos libres, ceramidas y otros mediadores favorece la activación microglial, el deterioro de la barrera hematoencefálica, la disfunción cerebrovascular y la pérdida de plasticidad sináptica. Paralelamente, las vesículas extracelulares y microARN liberados por el tejido adiposo emergen como una vía directa de comunicación entre el tejido adiposo y el cerebro, capaz de modular la expresión génica neuronal y acelerar procesos neurodegenerativos.

Un aspecto especialmente relevante es que no todos los depósitos adiposos ejercen los mismos efectos. Mientras el tejido adiposo visceral se asocia consistentemente con neuroinflamación, resistencia a la insulina cerebral y deterioro cognitivo, el tejido adiposo subcutáneo y el tejido adiposo pardo parecen desempeñar funciones protectoras. Estos depósitos favorecen la sensibilidad a la insulina, reducen la inflamación sistémica y producen mediadores neurotróficos que contribuyen a preservar la función neuronal. Por ello, la calidad y distribución de la grasa corporal parecen ser más importantes que la cantidad total de tejido adiposo.

La revisión también destaca el papel central de las adipoquinas. La resistencia a la leptina y la disminución de adiponectina, frecuentes en la obesidad y el envejecimiento, generan un doble impacto negativo: disminuyen la señalización neurotrófica y aumentan la vulnerabilidad inflamatoria del cerebro. De igual forma, la senescencia celular del tejido adiposo emerge como un importante amplificador del envejecimiento sistémico, mediante la liberación continua de factores proinflamatorios que afectan tanto la función vascular como la homeostasis cerebral. Desde una perspectiva clínica, estos hallazgos tienen importantes implicancias. Estudios en humanos muestran que la reducción de grasa visceral mediante ejercicio, dieta o cirugía bariátrica se asocia con mejoras cognitivas y estructurales cerebrales. Asimismo, diversos fármacos utilizados en obesidad y diabetes, incluyendo agonistas del receptor GLP-1, metformina e inhibidores SGLT2, podrían ejercer beneficios cerebrales indirectos al mejorar la función del tejido adiposo y reducir la inflamación sistémica.

La revisión propone además una nueva generación de biomarcadores para evaluar el eje tejido adiposo-cerebro. Entre ellos destacan la relación grasa visceral/grasa subcutánea, los perfiles de adipoquinas, marcadores inflamatorios, indicadores de senescencia celular y vesículas extracelulares derivadas del tejido adiposo. La integración de estos marcadores con neuroimágenes y pruebas cognitivas podría permitir una mejor estratificación del riesgo de deterioro cognitivo y demencia.

Conclusión

La evidencia actual posiciona al tejido adiposo como un determinante sistémico y modificable del envejecimiento cerebral. La grasa visceral disfuncional actúa como una fuente permanente de inflamación, resistencia a la insulina y estrés metabólico que acelera la neurodegeneración, mientras que los depósitos subcutáneos y termogénicos preservados pueden favorecer la resiliencia cerebral. Este nuevo paradigma sitúa al tejido adiposo en el centro de la prevención del deterioro cognitivo y abre oportunidades para estrategias terapéuticas dirigidas a mejorar la salud metabólica con el objetivo de promover un envejecimiento cerebral saludable y reducir el riesgo de demencia.

Fuente: SOCHOB

Referencia: Andreea-Ramona T, Mirabela MM. Adipose tissue as a systemic modulator of brain aging: Mechanistic links between metabolism, inflammation and neurodegeneration. Brain Res. 2026 Jun 1:150414.