MENOPAUSIA, OBESIDAD Y SALUD CARDIOVASCULAR: ETAPA CLAVE PARA LA PREVENCIÓN

La obesidad constituye uno de los principales factores de riesgo cardiometabólico en las mujeres y adquiere especial relevancia durante la transición menopáusica, período caracterizado por importantes cambios hormonales, metabólicos y cardiovasculares. El aumento de peso, las alteraciones del perfil lipídico y la mayor vulnerabilidad cardiovascular que pueden acompañar esta etapa hacen necesario adoptar una visión integral de la salud femenina, en la que la prevención y la identificación temprana de los factores de riesgo desempeñen un papel fundamental.

Según los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, aproximadamente 6.000 mujeres ingresan diariamente a la menopausia en ese país. Sin embargo, muchas desconocen que los años que rodean esta transición pueden acompañarse de cambios significativos en el sueño, el estado de ánimo, el peso corporal, la salud cardiovascular y la calidad de vida. En este contexto, la Asociación Americana del Corazón (American Heart Association, AHA) y The Menopause Society han destacado la importancia de comprender estos cambios y aprovechar esta etapa como una oportunidad para fortalecer la prevención cardiovascular. Las enfermedades cardiovasculares, incluidos la cardiopatía coronaria y los accidentes cerebrovasculares, constituyen la principal causa de muerte entre las mujeres. Pese a ello, solo cuatro de cada diez reconocen estas enfermedades como su principal amenaza para la salud. Aunque el riesgo cardiovascular aumenta naturalmente con la edad, la transición menopáusica representa un período particularmente importante, debido a los cambios cardiometabólicos que pueden producirse incluso en mujeres sin antecedentes de enfermedad cardíaca.

De acuerdo con la Dra. Chrisandra L. Shufelt, expresidenta de The Menopause Society, aproximadamente el 90% de las mujeres presenta al menos un factor de riesgo cardiovascular al llegar a la menopausia. Esta elevada frecuencia pone de manifiesto la necesidad de identificar precozmente alteraciones metabólicas, controlar los factores de riesgo modificables y establecer estrategias preventivas que contribuyan a preservar la salud cardiovascular durante las décadas siguientes. Es importante distinguir entre menopausia y perimenopausia. Mientras la menopausia corresponde al momento definido retrospectivamente por el cese definitivo de la menstruación, la perimenopausia comprende los años que preceden y rodean este acontecimiento, durante los cuales suelen manifestarse los síntomas más característicos de la transición. Entre ellos destacan las irregularidades menstruales, los sofocos, la sudoración nocturna, la fatiga, el aumento de peso, las molestias articulares, las palpitaciones, las dificultades cognitivas y la ansiedad. La intensidad y combinación de estas manifestaciones varían considerablemente entre las mujeres, por lo que su evaluación requiere un enfoque individualizado.

Desde el punto de vista cardiovascular, uno de los aspectos más relevantes es que el riesgo puede comenzar a aumentar incluso en mujeres previamente sanas. Durante esta etapa, las concentraciones de colesterol LDL tienden a elevarse y los vasos sanguíneos pueden experimentar una mayor rigidez, modificaciones que favorecen un perfil cardiovascular menos favorable. En consecuencia, resulta fundamental evaluar periódicamente la presión arterial, el perfil lipídico y la glicemia, particularmente cuando coexisten obesidad u otros factores de riesgo cardiometabólico. La salud renal constituye otro componente que merece especial atención. Una declaración científica de la American Heart Association publicada en 2026 señala que la menopausia y el envejecimiento pueden contribuir a acelerar la evolución de la enfermedad renal crónica, condición estrechamente relacionada con un mayor riesgo de complicaciones cardiovasculares y cerebrovasculares. Estos antecedentes refuerzan la importancia de incorporar la evaluación de la función renal dentro del seguimiento integral de la mujer durante la mediana edad.

Otro hallazgo relevante proviene de un estudio que incluyó a más de 83.000 mujeres de entre 50 y 79 años, publicado en una revista científica de la American Heart Association. Los investigadores estimaron que aproximadamente una de cada cuatro mujeres podría desarrollar fibrilación auricular a lo largo de su vida después de la menopausia. Asimismo, identificaron los acontecimientos vitales estresantes y el insomnio como factores contribuyentes importantes. Estos resultados destacan que el riesgo cardiovascular durante esta etapa no depende exclusivamente de las alteraciones metabólicas tradicionales, sino que también puede relacionarse con factores psicológicos y trastornos del sueño. En este sentido, la depresión y las alteraciones del sueño, relativamente frecuentes durante la transición menopáusica, también se han asociado con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular. Por ello, la evaluación clínica no debería limitarse exclusivamente a los indicadores metabólicos, sino considerar igualmente el bienestar emocional, la calidad del sueño y las condiciones que puedan afectar la salud general de la mujer.

La prevención cardiovascular durante la menopausia debe sustentarse en un abordaje integral que incluya el conocimiento y control de los principales indicadores de salud, la actividad física regular, una alimentación saludable, un sueño adecuado y el manejo del estrés. También resulta importante reconocer antecedentes personales que puedan modificar el riesgo cardiovascular, como la historia familiar de enfermedad cardíaca, determinadas complicaciones del embarazo y la presencia de enfermedades autoinmunes. En las mujeres con obesidad, estas recomendaciones adquieren especial importancia, debido a la coexistencia potencial de múltiples factores de riesgo cardiometabólico. La identificación temprana de estas condiciones permite orientar intervenciones individualizadas y abordar de manera conjunta la salud metabólica, cardiovascular y renal. Los especialistas de la American Heart Association y The Menopause Society también enfatizan que no existe una experiencia única de menopausia. Las manifestaciones clínicas, las necesidades terapéuticas y los factores de riesgo varían considerablemente entre las mujeres. Por esta razón, recomiendan una evaluación individualizada que permita reconocer los síntomas de la transición, ofrecer tratamientos basados en la evidencia y atender simultáneamente la salud cardiovascular, metabólica y ósea.

En conclusión, la transición menopáusica representa una oportunidad especialmente importante para la prevención cardiovascular femenina. Aunque la menopausia no constituye por sí misma una causa directa de enfermedad cardiovascular, durante este período pueden producirse cambios metabólicos, vasculares y conductuales que favorecen el incremento del riesgo. En particular, la presencia de obesidad y otros factores cardiometabólicos refuerza la necesidad de una evaluación precoz y de estrategias preventivas integrales. Reconocer oportunamente estos cambios, promover hábitos saludables y mantener un seguimiento médico individualizado puede contribuir significativamente a preservar la salud y la calidad de vida de las mujeres durante las décadas posteriores a la menopausia.

Fuente: SOCHOB

Referencia: What doctors want women to know about menopause and heart health (13/10/26)