FÁRMACOS PARA LA OBESIDAD EN ADULTOS MAYORES

El creciente uso de fármacos para el tratamiento de la obesidad, especialmente los agonistas del receptor GLP-1, como semaglutida, y los agonistas duales GIP/GLP-1, como tirzepatida, ha ampliado considerablemente las posibilidades terapéuticas en personas de edad avanzada. Sin embargo, sus beneficios deben evaluarse considerando las características particulares del envejecimiento. Un artículo publicado en Journal of the American Geriatrics Society, propone un enfoque clínico integral para orientar una prescripción más segura, individualizada y centrada en las necesidades de los adultos mayores.

Aunque estos fármacos han demostrado una elevada eficacia para reducir el peso corporal y mejorar diversos parámetros cardiometabólicos, su utilización en personas mayores plantea desafíos específicos. Con el envejecimiento se producen cambios en la composición corporal, caracterizados por una disminución progresiva de la masa y fuerza muscular, junto con una mayor acumulación de grasa visceral. Estas modificaciones pueden coexistir con obesidad y favorecer el desarrollo de obesidad sarcopénica, una condición asociada con limitaciones funcionales, mayor riesgo de caídas, discapacidad y pérdida de autonomía. Una de las principales preocupaciones es que la disminución del peso inducida por estos tratamientos puede acompañarse de una reducción de masa magra, cuya magnitud y repercusiones dependen de múltiples factores. Aunque la pérdida de masa magra no equivale necesariamente a pérdida de músculo funcional, en personas con escasa reserva muscular podría contribuir al agravamiento de la sarcopenia y la fragilidad. A ello se agregan posibles efectos adversos gastrointestinales, como náuseas, vómitos, diarrea o estreñimiento, además de una reducción excesiva del apetito que puede comprometer la ingesta de proteínas y otros nutrientes esenciales. La deshidratación y el deterioro del estado nutricional adquieren especial relevancia en pacientes vulnerables.

Otro aspecto importante es que, si bien los ensayos clínicos han incluido adultos mayores y han demostrado beneficios relevantes en distintos grupos etarios, las personas de edad muy avanzada, con fragilidad significativa, deterioro cognitivo o múltiples enfermedades complejas suelen estar insuficientemente representadas. Por consiguiente, todavía existen incertidumbres sobre la seguridad a largo plazo, los efectos funcionales y la mejor forma de utilizar estos tratamientos en los pacientes geriátricos más vulnerables.

Para abordar estas dificultades, los autores proponen aplicar el modelo geriátrico de las 5M, que considera cinco dimensiones fundamentales: salud cognitiva y mental (Mind), movilidad y capacidad funcional (Mobility), tratamientos farmacológicos concomitantes (Medications), coexistencia de múltiples enfermedades y complejidad clínica (Multicomplexity) y objetivos, valores y prioridades personales (Matters Most). Este enfoque permite ampliar la evaluación más allá del índice de masa corporal y de la magnitud de la pérdida de peso, incorporando factores que determinan si el tratamiento producirá un beneficio clínico real. La dimensión cognitiva y mental considera la presencia de deterioro cognitivo, depresión y otras condiciones que pueden influir en la alimentación, la adherencia terapéutica y la capacidad de reconocer o comunicar efectos adversos. La movilidad exige evaluar la fuerza muscular, el equilibrio, la velocidad de marcha y la capacidad para desarrollar actividades cotidianas. Por su parte, la revisión de los tratamientos concomitantes resulta esencial debido a la elevada frecuencia de polifarmacia en adultos mayores, particularmente en quienes presentan diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad cardiovascular o insuficiencia renal.

La complejidad clínica obliga a considerar conjuntamente las enfermedades crónicas, la fragilidad, el estado nutricional y las condiciones sociales que pueden dificultar el tratamiento. Finalmente, la dimensión centrada en lo que más importa al paciente destaca la necesidad de establecer objetivos compartidos, reconociendo que para muchas personas mayores mantener la independencia, caminar sin dificultad, evitar hospitalizaciones o conservar su calidad de vida puede ser más importante que alcanzar una determinada reducción del peso corporal. Desde el punto de vista práctico, este modelo favorece una evaluación integral antes de iniciar la farmacoterapia. Además de identificar las complicaciones asociadas con la obesidad, resulta aconsejable valorar el estado nutricional, la composición corporal cuando sea posible, la fuerza muscular, la capacidad funcional y el riesgo de caídas. Durante el tratamiento, se recomienda vigilar la tolerancia digestiva, la hidratación y la ingesta alimentaria, evitando que una pérdida de peso excesivamente rápida comprometa el estado general del paciente.

Los autores destacan también la importancia de acompañar la farmacoterapia con intervenciones destinadas a preservar la masa y función muscular. Una alimentación suficiente y equilibrada, con especial atención al aporte proteico individualizado, junto con ejercicios de fuerza adaptados a las capacidades de cada persona, constituye un componente fundamental. El seguimiento debe incluir no solo la evolución del peso y de los indicadores metabólicos, sino también cambios en la fuerza, movilidad, capacidad para realizar actividades cotidianas y calidad de vida. La individualización de los objetivos terapéuticos es otro elemento central. En adultos mayores robustos, con obesidad y complicaciones cardiometabólicas, la reducción del peso puede traducirse en beneficios importantes, como mejor control glicémico, menor carga articular y mejoría de determinadas limitaciones funcionales. En cambio, en personas con fragilidad avanzada, desnutrición o pérdida muscular significativa, una disminución pronunciada del peso podría resultar desfavorable si no se acompaña de medidas adecuadas de protección nutricional y funcional. La fragilidad, por tanto, no debe considerarse aisladamente como una contraindicación absoluta, sino como un factor que modifica la relación entre beneficios y riesgos.

El artículo también subraya la importancia de reevaluar periódicamente la continuidad del tratamiento. La necesidad de mantener la farmacoterapia a largo plazo debe equilibrarse con su tolerabilidad, los beneficios alcanzados, la evolución de la funcionalidad y las preferencias individuales. En este contexto, la decisión de ajustar las dosis, mantener o eventualmente suspender un fármaco requiere una valoración clínica compartida, considerando también el riesgo de recuperación del peso después de su interrupción. En definitiva, el principal mensaje es que el éxito del tratamiento farmacológico de la obesidad en adultos mayores no debe definirse exclusivamente por la cantidad de kilos perdidos. Una intervención verdaderamente beneficiosa debe mejorar la salud metabólica sin comprometer la masa muscular, la movilidad, la autonomía ni la calidad de vida. El modelo geriátrico de las 5M ofrece una perspectiva que integra estos objetivos y promueve una atención centrada en la persona, reconociendo que, durante el envejecimiento, conservar la capacidad de vivir de manera independiente puede ser tan importante como reducir el peso corporal.

Fuente: SOCHOB

Referencia: Wisdom EM, Goldlist K, Lieber SB, et al. Obesity medications in older adults: a geriatrics 5ms framework for safe and patient-centered prescribing. J Am Geriatr Soc. 2026 Oct 29.