FRUCTOSA: UNA NUEVA VÍA HACIA LA OBESIDAD

Una investigación reciente analizó cómo el metabolismo intestinal de la fructosa puede favorecer el aumento de peso y el desarrollo de resistencia a la insulina. El trabajo aporta un mecanismo novedoso: la fructosa no solo tendría efectos metabólicos por lo que ocurre en el hígado, sino que su procesamiento en el intestino delgado puede modificar la capacidad del organismo para absorber las grasas de la dieta.

Los investigadores estudiaron ratones sometidos durante 12 semanas a una ingesta elevada de jarabe de maíz rico en fructosa (HFCS). En algunos animales eliminaron específicamente en el intestino la enzima cetohexoquinasa-C (KHK-C), responsable de iniciar el metabolismo de la fructosa. De manera inesperada, estos ratones aumentaron menos de peso, acumularon menos grasa y presentaron menores niveles de insulina en ayunas y mejor sensibilidad a la insulina que los animales que podían metabolizar normalmente la fructosa en el intestino. Esta diferencia no se explicó por una menor ingesta calórica, ya que el consumo energético total fue similar entre los grupos.

La explicación apareció al estudiar qué ocurría con las grasas de la alimentación. Los animales con menor metabolismo intestinal de fructosa comenzaron a absorber menos grasa, presentaron menores aumentos de triglicéridos en sangre después de administrarles aceite y eliminaron más triglicéridos por las heces. Por lo tanto, parte de la protección frente al aumento de peso parecía deberse a una menor absorción intestinal de lípidos, y no simplemente a que consumieran menos calorías. Los investigadores descubrieron entonces una alteración muy específica en el íleon, la parte final del intestino delgado. En cada vellosidad intestinal existe un pequeño vaso linfático llamado vaso quilífero o lacteal, cuya función es recoger y transportar gran parte de las grasas absorbidas por el intestino. En los ratones incapaces de metabolizar normalmente la fructosa en las células intestinales, estos lacteales eran más cortos y tenían menor superficie, mientras que los del duodeno y yeyuno prácticamente no cambiaban.

El siguiente hallazgo fue que este fenómeno estaba relacionado con la microbiota intestinal. Al disminuir el metabolismo intestinal de la fructosa, una mayor cantidad de esta llegaba al ambiente intestinal y modificaba la composición del microbioma. Los investigadores demostraron la importancia de este cambio mediante trasplante de microbiota fecal: ratones normales que recibieron microbiota procedente de los animales con KHK-C intestinal bloqueada aumentaron menos de peso, absorbieron menos grasa y eliminaron más triglicéridos en las heces. La microbiota modificada afectó, a su vez, a los macrófagos de las vellosidades intestinales. Estos macrófagos participan normalmente en el mantenimiento y crecimiento de los lacteales. En el íleon de los ratones con metabolismo reducido de fructosa había aproximadamente 50% menos macrófagos, lo que coincidía con la reducción del tamaño de los lacteales. El trasplante de microbiota reprodujo también esta disminución de macrófagos y el acortamiento de los vasos linfáticos intestinales.

De esta manera, el estudio propone una cadena bastante sencilla:

Fructosa → metabolismo intestinal por KHK-C → cambios en la microbiota → mantenimiento de macrófagos en las vellosidades → crecimiento de los lacteales → mayor absorción de grasa → mayor adiposidad y resistencia a la insulina.

Cuando se bloqueó el metabolismo intestinal de la fructosa ocurrió lo contrario: cambió la microbiota, disminuyeron los macrófagos del íleon, los lacteales se acortaron, se absorbió menos grasa y los animales quedaron parcialmente protegidos frente a la obesidad y la resistencia a la insulina. Un punto importante es que el estudio fue realizado principalmente en ratones, por lo que no demuestra que este mecanismo tenga exactamente la misma importancia en seres humanos. Sin embargo, los autores señalan que existen inhibidores farmacológicos de KHK que se están estudiando para enfermedades metabólicas y plantean que parte de sus posibles beneficios podría deberse no solo a sus efectos hepáticos, sino también a su acción sobre el intestino y la absorción de grasas. Esta hipótesis todavía necesita comprobarse directamente en humanos.

En resumen, la fructosa podría favorecer la obesidad no solo porque aporta energía o porque estimula la producción de grasa en el hígado, sino también porque su metabolismo en el intestino favorece una estructura intestinal que permite absorber con mayor eficiencia las grasas de la dieta. Así, el estudio proporciona una posible explicación biológica de por qué la combinación de azúcares ricos en fructosa y grasas puede resultar especialmente perjudicial para la salud metabólica.

Fuente: SOCHOB

Referencia: Lopez ML, Kang T, Espeleta AM, et al. Intestinal fructose catabolism promotes obesity and insulin resistance via ileal lacteal remodeling. Sci Adv. 2026;12(35):eaec0481.