VITAMINA D: NUEVA FORTIFICACIÓN EN CHILE

Desde el 19 de junio de 2026, Chile cuenta con una nueva política sanitaria que obliga a fortificar con vitamina D₃ la leche líquida, la leche en polvo para consumo directo y la harina de trigo. La medida, incorporada al Reglamento Sanitario de los Alimentos mediante el Decreto Supremo N.º 29, busca aumentar de manera sostenida la ingesta de este micronutriente sin depender exclusivamente de suplementos, controles médicos o cambios voluntarios en la alimentación.

La decisión no surgió de una preocupación teórica. La Encuesta Nacional de Salud 2016–2017 mostró que los niveles bajos de vitamina D constituían un problema extendido en grupos especialmente vulnerables. El 52,9% de las mujeres en edad fértil y el 59,5% de las personas mayores presentaban concentraciones inferiores a las consideradas normales. Además, aproximadamente el 16% de las mujeres entre 15 y 49 años y el 21,5% de las personas mayores tenían deficiencia severa, definida en estos análisis por concentraciones de 25-hidroxivitamina D inferiores a 12 ng/mL. El problema también se ha documentado en la población pediátrica. Estudios nacionales realizados en Santiago, Concepción y Antofagasta encontraron niveles bajos de vitamina D en más del 78% de los niños de 4 a 14 años estudiados. En localidades australes, donde la disponibilidad de radiación ultravioleta B es menor durante una parte importante del año, las cifras han sido todavía más preocupantes: investigaciones efectuadas en Coyhaique y Punta Arenas han descrito prevalencias muy elevadas de insuficiencia o deficiencia.

Una carencia determinada por la geografía y el estilo de vida

La vitamina D posee una particularidad que la diferencia de otros micronutrientes: una proporción importante se produce en la piel después de la exposición a la radiación ultravioleta B. La extensa geografía de Chile y la disminución progresiva de la radiación solar hacia el sur generan grandes diferencias estacionales y territoriales en su síntesis. A ello se agregan la permanencia en espacios cerrados, la baja actividad física al aire libre, el envejecimiento, el escaso consumo de pescados grasos y la elevada prevalencia de obesidad. En las personas con obesidad, las concentraciones circulantes de vitamina D suelen ser menores, en parte porque se trata de una vitamina liposoluble que puede quedar distribuida o retenida en una mayor masa de tejido adiposo. Esto no significa que la obesidad sea la única causa del déficit, pero sí que puede reducir la disponibilidad del micronutriente y hacer más difícil corregirlo mediante pequeñas modificaciones dietéticas.

La función mejor establecida de la vitamina D se relaciona con la absorción intestinal de calcio y fósforo y con la mineralización del esqueleto. Su carencia grave puede provocar raquitismo en la infancia y osteomalacia en el adulto, además de contribuir al deterioro de la salud ósea. También existen receptores de vitamina D en numerosos tejidos y se investiga su participación en la función muscular, inmunitaria y metabólica. Sin embargo, muchas de las asociaciones observadas con cáncer, enfermedades cardiovasculares, salud mental o trastornos autoinmunes no demuestran necesariamente que la suplementación prevenga esas enfermedades; por ello, la justificación más sólida de la fortificación sigue siendo corregir una carencia nutricional comprobada y proteger principalmente la salud ósea y muscular.

¿Qué alimentos deben fortificarse?

La normativa establece tres vehículos alimentarios principales. La leche líquida para consumo directo debe contener una dosis de vitamina D₃ de 1 µg por cada 100 mL, con una tolerancia máxima de 40%, es decir, hasta 1,4 µg/100 mL. Un vaso de 200 mL aportará, por lo tanto, al menos 2 µg de vitamina D, equivalentes a 80 unidades internacionales.

La leche en polvo para consumo directo debe incorporar 10 µg de vitamina D₃ por cada 100 g, pudiendo alcanzar hasta 14 µg/100 g por la tolerancia reglamentaria. Los productos importados pueden venir fortificados desde su país de origen o recibir la adición de vitamina D antes de su comercialización en Chile. La harina de trigo debe contener como mínimo 2,25 µg de colecalciferol por cada 100 g, con un límite permitido de hasta 3,15 µg/100 g. Esta decisión convierte indirectamente al pan y a numerosos alimentos elaborados con harina en fuentes adicionales de vitamina D, aunque el control reglamentario se realiza en los molinos y no individualmente en cada producto final.

La regulación también exige que la lista de ingredientes informe si la vitamina D₃ empleada es de origen animal o de origen no animal. Esta disposición permite que las personas que siguen una alimentación vegetariana estricta o vegana identifiquen el origen del fortificante utilizado.

¿Por qué se eligieron la leche y la harina?

La fortificación poblacional requiere alimentos que sean consumidos regularmente, que lleguen a distintos grupos sociales y que puedan incorporar el micronutriente de forma estable y segura. La leche ofrece la ventaja adicional de aportar calcio, mientras que la harina de trigo posee una amplia penetración en la dieta chilena y ya cuenta con sistemas industriales de fortificación con hierro, tiamina, riboflavina, niacina y ácido fólico. Chile posee una larga experiencia en este tipo de intervenciones. La harina se fortifica obligatoriamente con vitaminas del complejo B y hierro desde mediados del siglo XX, y desde el año 2000 también con ácido fólico. La introducción de ácido fólico se asoció posteriormente con una reducción cercana al 50% de los defectos del tubo neural en recién nacidos, ejemplo que demuestra el potencial de una política nutricional estructural cuando existe una deficiencia definida y un vehículo alimentario apropiado.

La Organización Mundial de la Salud considera la fortificación masiva una intervención basada en evidencia para prevenir, reducir y controlar carencias de micronutrientes. Una de sus principales ventajas es que no exige que cada persona recuerde tomar diariamente un medicamento y puede disminuir desigualdades de acceso, aunque necesita control de calidad, vigilancia epidemiológica y evaluación periódica de seguridad y efectividad.

¿Cuánto podría aumentar la ingesta?

El equipo académico que participó en el desarrollo del modelo chileno proyectó que la combinación de leche y harina fortificadas podría incrementar la ingesta promedio en aproximadamente 10 µg diarios, equivalentes a 400 unidades internacionales, y mantener a más del 90% de la población alejada de la deficiencia severa. Esta cifra corresponde a una proyección del modelo, no a un resultado sanitario ya demostrado después de la entrada en vigencia de la normativa. Como referencia internacional, la ingesta recomendada de vitamina D es de aproximadamente 15 µg diarios —600 unidades internacionales— entre los 1 y 70 años, y de 20 µg —800 unidades internacionales— desde los 71 años. El aporte de la fortificación, por lo tanto, puede cubrir una proporción relevante de los requerimientos, pero dependerá de la cantidad de leche, pan y otros productos elaborados con harina que consuma cada persona.

Una medida importante, pero no suficiente por sí sola

La fortificación está diseñada para elevar el aporte basal de toda la población y reducir la frecuencia de carencias graves. No representa un tratamiento individual para quienes ya presentan deficiencia importante, osteoporosis, malabsorción intestinal, enfermedad renal o hepática, obesidad grave, uso de ciertos medicamentos o escasa exposición solar. En esos grupos puede seguir siendo necesaria la medición de 25-hidroxivitamina D y una suplementación indicada según la situación clínica. Tampoco debe interpretarse como una invitación a aumentar indiscriminadamente el consumo de pan o de leche. La política modifica la calidad nutricional de alimentos que ya forman parte de la dieta, pero debe integrarse dentro de una alimentación equilibrada, con actividad física, control del peso corporal y consumo regular de fuentes naturales de vitamina D, especialmente pescados grasos como jurel, salmón, sardina y atún.

El desafío que comienza ahora es comprobar el impacto real de la medida. El cumplimiento debe verificarse en las plantas elaboradoras o reenvasadoras de leche y en los molinos, mientras que la evaluación sanitaria requerirá nuevas mediciones de vitamina D en niños, adultos, mujeres en edad fértil y personas mayores. La estrategia nacional contempla seguimiento de estos indicadores y de variables como la densidad mineral ósea, con metas de mejoría respecto de los valores basales en un horizonte de cinco a diez años. La nueva fortificación representa, en consecuencia, una de las intervenciones nutricionales más relevantes implementadas recientemente en Chile. Su mayor fortaleza es transformar alimentos cotidianos en vehículos de prevención, aumentando silenciosamente el aporte de vitamina D sin exigir una conducta sanitaria adicional a cada individuo. Su éxito, sin embargo, dependerá de tres condiciones: cumplimiento efectivo de la industria, fiscalización constante y vigilancia poblacional capaz de demostrar que la medida mejora los niveles de vitamina D sin generar aportes excesivos.

Fuente: SOCHOB

Referencia: Modifica decreto supremo n° 977, de 1996, del Ministerio de Salud, reglamento sanitario de los alimentos