SÍNDROME METABÓLICO CON PESO NORMAL: EL RIESGO OCULTO

Tradicionalmente, el síndrome metabólico se ha asociado con el sobrepeso y la obesidad. Sin embargo, una revisión científica publicada en octubre de 2026 en la revista Metabolism Open, realizada por Nzobokela y colaboradores, destaca que las personas con un índice de masa corporal (IMC) normal también pueden presentar importantes alteraciones metabólicas y un riesgo elevado de desarrollar diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. Este fenómeno, conocido como síndrome metabólico con peso normal (normal-weight metabolic syndrome, NWMS), pone de manifiesto las limitaciones del peso corporal como indicador aislado de salud metabólica.

El síndrome metabólico con peso normal se caracteriza por la presencia de las alteraciones cardiometabólicas habituales del síndrome metabólico, pese a mantener un IMC dentro del rango considerado normal. La revisión también analiza fenotipos relacionados, como el peso normal metabólicamente no saludable (metabolically unhealthy normal weight, MUNW) y el fenotipo metabólicamente obeso con peso normal (metabolically obese normal weight, MONW), que utilizan definiciones más amplias y variables de disfunción metabólica. Asimismo, distingue la obesidad con peso normal (normal-weight obesity, NWO), caracterizada por un porcentaje elevado de grasa corporal pese a un IMC normal, condición que no necesariamente implica la presencia de síndrome metabólico. La prevalencia de estas alteraciones varía considerablemente entre poblaciones. La revisión informa que el síndrome metabólico se ha identificado en el 7,6 % de los adultos con peso normal de una población urbana de Brasil, en el 6,4 % de una cohorte iraní y en el 8,6 % de adultos estadounidenses con peso normal. Los estudios que utilizan definiciones más amplias de alteraciones metabólicas han comunicado prevalencias entre 0,9 % y 59 %. Sin embargo, los autores advierten que estas cifras no son directamente comparables, debido a las diferencias en los criterios diagnósticos, los puntos de corte del IMC y las características de las poblaciones estudiadas. Por tanto, todavía no existe una estimación global suficientemente precisa de la prevalencia del síndrome metabólico con peso normal.

La edad y el sexo también influyen en la frecuencia de este fenotipo. Los estudios revisados muestran que, entre los adultos menores de 45 años, los hombres presentan una mayor prevalencia del fenotipo MONW que las mujeres de la misma edad, probablemente por su mayor tendencia a acumular tejido adiposo visceral. Sin embargo, esta diferencia disminuye e incluso puede invertirse después de los 50 años, cuando las mujeres presentan una mayor frecuencia de alteraciones metabólicas. La disminución de los estrógenos durante la menopausia favorece la redistribución de la grasa hacia depósitos abdominales y hepáticos, junto con cambios desfavorables en la sensibilidad a la insulina, incluso sin un aumento importante del peso corporal. Estas diferencias corresponden principalmente a estudios del fenotipo MONW y no deben extrapolarse automáticamente a todas las definiciones de síndrome metabólico con peso normal. La importancia clínica de esta condición radica en sus consecuencias a largo plazo. Según los estudios epidemiológicos analizados, las personas con fenotipos metabólicamente alterados y peso normal presentan un riesgo de enfermedad cardiovascular aproximadamente entre 1,5 y 3 veces mayor y un riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 entre 3 y 11 veces mayor, en comparación con personas de peso normal metabólicamente saludables. Estas estimaciones proceden de poblaciones y definiciones heterogéneas, por lo que representan asociaciones epidemiológicas y no riesgos individuales aplicables de manera uniforme.

Uno de los principales mecanismos fisiopatológicos es la acumulación de grasa visceral y ectópica, incluso en personas cuyo peso se encuentra dentro de los límites normales. A diferencia de determinados depósitos de grasa subcutánea, el tejido adiposo visceral presenta una elevada actividad lipolítica y favorece el flujo de ácidos grasos libres hacia el hígado, contribuyendo a la acumulación de grasa hepática, la insulinorresistencia y las alteraciones del metabolismo lipídico. De esta manera, dos personas con un IMC similar pueden presentar perfiles cardiometabólicos muy diferentes dependiendo de la distribución y funcionalidad de su tejido adiposo. La insulinorresistencia constituye otro mecanismo central. La acumulación de lípidos en el hígado y el músculo esquelético altera la señalización intracelular de la insulina, compromete la captación muscular de glucosa y disminuye la capacidad de la insulina para suprimir la producción hepática de glucosa. Inicialmente, las células beta pancreáticas compensan estas alteraciones mediante una mayor secreción de insulina, generando hiperinsulinemia. Con el tiempo, esta situación puede favorecer la aparición de hiperglucemia, dislipidemia aterogénica, hipertensión arterial y diabetes tipo 2.

La revisión también destaca el papel de la disfunción del tejido adiposo y de la inflamación crónica de bajo grado. La hipertrofia de los adipocitos y la infiltración de células inflamatorias favorecen la liberación de citoquinas y otras sustancias que perpetúan la insulinorresistencia y la disfunción vascular. Otros mecanismos, como las alteraciones de la microbiota intestinal, el estrés oxidativo y la ferroptosis, han despertado interés científico, aunque su participación específica en personas con peso normal todavía no está suficientemente demostrada. Desde el punto de vista clínico, muchos pacientes pueden permanecer asintomáticos durante años. La presencia de adiposidad abdominal, incluso con IMC normal, constituye una señal de alerta importante. También pueden observarse acantosis nigricans, acrocordones y otras manifestaciones asociadas con hiperinsulinemia. La revisión destaca la coexistencia de alteraciones como hipertensión arterial, dislipidemia, prediabetes, enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD) y síndrome de ovario poliquístico, entre otras condiciones relacionadas con la insulinorresistencia.

El diagnóstico del síndrome metabólico con peso normal requiere identificar al menos tres de los cinco componentes habituales del síndrome metabólico: perímetro de cintura elevado según criterios poblacionales; triglicéridos ≥ 150 mg/dL o tratamiento específico; colesterol HDL < 40 mg/dL en hombres o < 50 mg/dL en mujeres, o tratamiento correspondiente; presión arterial sistólica ≥ 130 mmHg o diastólica ≥ 85 mmHg, o tratamiento antihipertensivo; y glicemia en ayunas ≥ 100 mg/dL o tratamiento de la hiperglucemia. Estos criterios deben aplicarse en personas cuyo IMC se encuentre dentro del rango normal correspondiente a su población.

Los autores proponen una evaluación clínica escalonada, comenzando con la medición del IMC, el perímetro de cintura o la relación cintura-estatura (RCE), la presión arterial, el perfil lipídico y la glicemia en ayunas o hemoglobina glicada (HbA1c). En pacientes seleccionados pueden incorporarse estudios complementarios, como pruebas de tolerancia oral a la glucosa, evaluación de la insulinorresistencia mediante HOMA-IR, composición corporal y estudio de MASLD. Las técnicas avanzadas de imagen para cuantificar grasa visceral o ectópica deben reservarse para situaciones específicas, ya que su utilidad y costo-efectividad en el cribado sistemático todavía no están suficientemente establecidos. En cuanto al tratamiento, el objetivo principal no debe ser necesariamente disminuir el peso corporal, sino mejorar la salud metabólica y la composición corporal. Las intervenciones deben priorizar una alimentación de buena calidad nutricional, preferentemente de tipo mediterráneo, con abundante fibra, proteínas adecuadas y grasas insaturadas, junto con la reducción de carbohidratos refinados, azúcares añadidos y grasas saturadas. La actividad física aeróbica y el entrenamiento de fuerza son fundamentales para mejorar la sensibilidad a la insulina, reducir la adiposidad visceral y preservar o aumentar la masa muscular. Este enfoque es especialmente importante en personas con IMC normal bajo, en quienes una reducción adicional de peso podría comprometer la masa magra.

El tratamiento farmacológico debe dirigirse a las alteraciones metabólicas y cardiovasculares identificadas, siguiendo las indicaciones clínicas habituales. Metformina, estatinas y antihipertensivos pueden utilizarse cuando corresponda según las enfermedades y factores de riesgo presentes. Los agonistas del receptor GLP-1, los inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 (SGLT2) y los agonistas duales GIP/GLP-1 pueden aportar beneficios en pacientes con indicaciones establecidas. Sin embargo, ninguno de estos tratamientos cuenta con una indicación específica para el síndrome metabólico con peso normal, y su utilización no debe justificarse exclusivamente por la presencia de este fenotipo. En conclusión, esta revisión demuestra que la normalidad del peso corporal no garantiza una adecuada salud metabólica. La adiposidad visceral, la insulinorresistencia, la inflamación crónica y las alteraciones de la distribución de grasa pueden determinar un riesgo cardiometabólico elevado, incluso en personas con IMC normal. El reconocimiento de estos fenotipos permite ampliar la evaluación clínica más allá del peso y favorecer la identificación temprana de individuos con riesgo aumentado de diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular. Los autores destacan la necesidad de estandarizar los criterios diagnósticos y desarrollar estudios específicos que permitan establecer su verdadera prevalencia y definir estrategias preventivas y terapéuticas más precisas.

Fuente: SOCHOB

Referencia: Nzobokela J, Mweene BC, Sinamwenda EN,  et al. The normal-weight metabolic syndrome: Clinical manifestations and pathogenic mechanisms. Metab Open. 2026;32:100513.