TERAPIAS BASADAS EN INCRETINAS: UNA MIRADA INTEGRAL MÁS ALLÁ DE LA PÉRDIDA DE PESO

Las terapias basadas en incretinas, en particular los agonistas del receptor GLP-1 y los agonistas duales GLP-1/GIP, han modificado de manera sustancial el abordaje de la obesidad. Estos fármacos producen reducciones clínicamente relevantes del peso corporal y mejoran diversos desenlaces metabólicos, cardiovasculares, renales y funcionales. Sus efectos se explican por la disminución del apetito y de la ingesta energética, el aumento de la saciedad, el enlentecimiento del vaciamiento gástrico y la modulación central de la conducta alimentaria. Sin embargo, esta eficacia también puede acompañarse de nuevos desafíos clínicos, especialmente cuando la pérdida de peso es rápida, la ingesta se reduce de forma marcada o aparecen efectos adversos gastrointestinales persistentes.

El consenso elaborado por la European Association for the Study of Obesity, la European Federation of the Associations of Dietitians y la European Coalition for People Living with Obesity subraya que el tratamiento no debe limitarse a la prescripción farmacológica. La disminución espontánea del consumo de alimentos puede comprometer la calidad de la dieta y favorecer un aporte insuficiente de proteínas, vitaminas, minerales y fibra, particularmente en adultos mayores, personas con fragilidad, sarcopenia, enfermedades crónicas, antecedentes de cirugía metabólico-bariátrica, dietas restrictivas o inseguridad alimentaria. Por este motivo, se propone una evaluación nutricional proporcional al riesgo, con seguimiento más intensivo en quienes presentan pérdida ponderal excesiva, intolerancia digestiva, ingesta muy baja, deterioro funcional o signos clínicos de deficiencia nutricional.

Durante la fase de pérdida activa de peso, el documento sugiere individualizar el aporte proteico, con un objetivo pragmático aproximado de 1,0–1,5 g/kg de peso ajustado al día y un mínimo cercano a 60 g diarios, siempre considerando la edad, la función renal y otras comorbilidades. Se recomienda priorizar proteínas de alto valor biológico, distribuirlas a lo largo del día y complementar con suplementos solo cuando la ingesta habitual resulte insuficiente. También se aconseja mantener una alimentación densa en nutrientes, basada en alimentos mínimamente procesados, verduras, frutas, legumbres, cereales integrales y grasas insaturadas. La meta de fibra se sitúa alrededor de 25 g diarios y la hidratación, en general, entre 2,0 y 2,5 litros al día, aunque ambas deben adaptarse a la tolerancia y al contexto clínico. Los efectos adversos gastrointestinales, como náuseas, vómitos, reflujo, diarrea y constipación, son frecuentes, pero habitualmente transitorios. Su manejo incluye una titulación gradual y flexible, comidas pequeñas, menor contenido de grasa, adecuada hidratación y ajustes en el consumo de fibra. Cuando la intolerancia es relevante, puede ser necesario retrasar el aumento de dosis, volver a la dosis previamente tolerada, realizar una pausa temporal o incluso suspender el tratamiento. El vómito persistente merece especial atención por el riesgo de deshidratación, alteraciones electrolíticas y déficit de tiamina, mientras que una ingesta energética mantenida por debajo de 800 kcal al día debe motivar una reevaluación inmediata del plan terapéutico.

La preservación de la masa magra y de la función física constituye otro objetivo prioritario. La pérdida de peso inducida por incretinas no afecta exclusivamente al tejido adiposo, por lo que debe acompañarse de entrenamiento progresivo de resistencia, actividad aeróbica y una ingesta proteica adecuada. En personas de mayor riesgo, puede ser útil evaluar fuerza de prensión, capacidad para levantarse de una silla, velocidad de marcha o composición corporal. El propósito no es evitar toda reducción de masa libre de grasa, sino prevenir una pérdida desproporcionada que comprometa la autonomía, la fuerza y la calidad de vida. El consenso también incorpora una dimensión psicológica frecuentemente subestimada. La menor recompensa asociada a los alimentos y la disminución del denominado “ruido alimentario” pueden ser beneficiosas, pero algunas personas experimentan cambios en su identidad, en sus relaciones sociales o en las estrategias emocionales previamente vinculadas a la comida. Por ello, se recomienda explorar conductas alimentarias desordenadas, síntomas de trastornos de la conducta alimentaria, bienestar emocional, expectativas terapéuticas y capacidad de adaptación a los cambios corporales y conductuales.

En síntesis, las terapias basadas en incretinas deben integrarse en un modelo de atención crónica, multidisciplinario y centrado en la persona. Su éxito no depende únicamente del porcentaje de pérdida de peso, sino también de la preservación de la función muscular, la suficiencia nutricional, la tolerabilidad, la salud psicológica y la capacidad de mantener los cambios a largo plazo. Las decisiones de iniciar, titular, reducir, pausar o suspender el tratamiento deben adoptarse mediante una toma de decisiones compartida, equilibrando los beneficios esperados con los posibles riesgos nutricionales, funcionales y emocionales.

Fuente: SOCHOB

Referencia: Dobbie LJ, Tolvanen L, Alves D, et al. Nutritional, functional, and psychological considerations for incretin-based therapies in adults-an EASO, EFAD, and ECPO Consensus Statement. Lancet Diabetes Endocrinol. 2026 Jul 8:S2213-8587(26)00122-1.