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OBESIDAD Y PEDIATRÍA

Obesidad infantil: ¿estamos a tiempo de cambiar su futuro?

La obesidad infantil se ha convertido en uno de los principales problemas de salud en el mundo. Durante muchos años se pensó que un niño con exceso de peso simplemente comía demasiado o hacía poco ejercicio. Hoy sabemos que la situación es mucho más compleja y que en su desarrollo intervienen factores genéticos, hormonales, familiares y ambientales que muchas veces escapan al control del propio niño y de sus padres. Una reciente revisión científica publicada recientemente en la prestigiosa revista médica JAMA destaca la importancia de reconocer y tratar la obesidad desde los primeros años de vida, sin esperar a que los niños lleguen a la adolescencia o comiencen a presentar problemas de salud.

Las cifras son preocupantes. En Estados Unidos, aproximadamente el 15% de los niños entre 2 y 5 años presenta obesidad, porcentaje que aumenta al 22% entre los 6 y 11 años. Esto significa que cerca de uno de cada cinco niños en edad escolar vive con esta enfermedad. Pero el verdadero problema no está solamente en el peso. La obesidad puede afectar la salud mucho antes de lo que habitualmente imaginamos. Algunos niños comienzan a presentar presión arterial elevada, alteraciones del colesterol y los triglicéridos, acumulación de grasa en el hígado e incluso apnea del sueño, una condición que provoca interrupciones repetidas de la respiración mientras duermen. También puede afectar su autoestima, sus relaciones sociales y su bienestar emocional, especialmente cuando son objeto de burlas o discriminación. Además, los niños con obesidad tienen una probabilidad aproximadamente cinco veces mayor de continuar con esta condición durante la vida adulta, en comparación con aquellos de peso normal. Esto aumenta el riesgo de desarrollar, con el paso de los años, enfermedades como diabetes tipo 2, hipertensión arterial y problemas cardiovasculares. Sin embargo, esto no significa que su futuro esté determinado. La infancia ofrece una valiosa oportunidad para intervenir y cambiar esa trayectoria. Uno de los aspectos que más ha cambiado en nuestra comprensión de la obesidad es reconocer que no todos los niños tienen la misma facilidad para mantener un peso saludable. La genética puede influir en el apetito, la sensación de saciedad, el gasto de energía y la tendencia a acumular grasa corporal. Algunos niños sienten más hambre, necesitan mayores cantidades de alimentos para sentirse satisfechos o tienen una predisposición biológica a aumentar de peso. También influyen las condiciones durante el embarazo, el aumento acelerado de peso en los primeros años de vida, las horas de sueño, la alimentación familiar y las oportunidades para jugar o realizar actividad física. Incluso el entorno en que vive un niño puede facilitar o dificultar la adopción de hábitos saludables. Por eso, culpar a los padres o decirle a un niño que simplemente debe comer menos y moverse más no solo resulta injusto, sino que también desconoce la complejidad de esta enfermedad.

¿Cómo podemos saber si un niño tiene obesidad?

A diferencia de los adultos, no basta con mirar cuánto pesa o comparar su cuerpo con el de otros niños. Es necesario considerar su edad, sexo y estatura mediante curvas de crecimiento especiales. Por esta razón, se recomienda evaluar el índice de masa corporal desde los 2 años y realizar un seguimiento periódico de su crecimiento. Cuando se confirma la presencia de obesidad, lo importante no es comenzar una dieta estricta ni exigir una rápida pérdida de peso, sino comprender qué factores están contribuyendo al problema y ofrecer un tratamiento adecuado a su edad y necesidades. La evidencia científica demuestra que los mejores resultados se obtienen cuando participa toda la familia. Los programas que combinan orientación alimentaria, actividad física, cambios de hábitos y acompañamiento profesional durante varios meses logran mejores resultados que los consejos aislados entregados en una consulta médica. En particular, los programas que ofrecen al menos 26 horas de atención y seguimiento durante un período de 3 a 12 meses han demostrado beneficios sobre el peso y la salud de los niños. Aunque la reducción promedio del índice de masa corporal es relativamente moderada, cercana a 0,7 unidades respecto de quienes no reciben este tratamiento intensivo, sus beneficios van más allá de la balanza. En un niño que todavía está creciendo, incluso mantener estable su peso mientras aumenta de estatura puede representar un avance importante. Mejorar la alimentación, recuperar la capacidad de disfrutar del ejercicio, dormir adecuadamente y sentirse mejor consigo mismo son logros igualmente valiosos.

¿Fármacos antiobesidad en niños?

Otro aspecto que está despertando gran interés es la posibilidad de utilizar medicamentos para tratar la obesidad desde edades más tempranas. Hasta hace poco, las alternativas farmacológicas para los menores de 12 años eran prácticamente inexistentes, salvo tratamientos destinados a algunas formas genéticas poco frecuentes de obesidad. Sin embargo, los avances en medicamentos que ayudan a controlar el apetito están abriendo nuevas posibilidades. Uno de ellos es la liraglutida, que actúa imitando una hormona intestinal llamada GLP-1, relacionada con la sensación de saciedad y la regulación del apetito. Un estudio realizado en niños de 6 a menos de 12 años mostró que este medicamento consiguió una reducción porcentual del índice de masa corporal 7,4 puntos porcentuales mayor que la observada en quienes recibieron placebo, es decir, un tratamiento sin el principio activo. Se trata de un resultado alentador, que demuestra que los medicamentos dirigidos a regular el apetito también pueden ser eficaces en niños pequeños. Sin embargo, todavía existen importantes preguntas sobre su seguridad durante tratamientos prolongados y sus posibles efectos sobre el crecimiento y desarrollo. Por ello, estos medicamentos aún no están aprobados de manera general para tratar la obesidad común en menores de 12 años.

Esto no significa que todos los niños con obesidad necesiten medicamentos. La mayoría debe comenzar con intervenciones familiares y cambios sostenibles de hábitos, mientras que los tratamientos farmacológicos podrían representar una alternativa para determinados pacientes cuando exista suficiente evidencia de seguridad y eficacia. Quizás uno de los mensajes más importantes es que no debemos esperar a que un niño llegue a la adolescencia o desarrolle complicaciones para comenzar a ayudarlo. Cuanto antes se identifique el problema y se ofrezca un tratamiento adecuado, mayores serán las oportunidades de mejorar su salud y prevenir enfermedades futuras. También es fundamental cambiar la manera en que hablamos de obesidad infantil. Un niño con obesidad no necesita sentirse culpable, avergonzado ni constantemente preocupado por su peso. Necesita comprensión, apoyo y un entorno familiar que favorezca hábitos saludables sin transformar la alimentación o el ejercicio en una fuente de conflicto. La obesidad infantil es una enfermedad crónica y compleja, pero eso no significa que no podamos actuar. Hoy conocemos mejor sus causas, contamos con estrategias de tratamiento más eficaces y comenzamos a disponer de nuevas herramientas que podrían ampliar las posibilidades terapéuticas durante los próximos años. El gran desafío no consiste simplemente en conseguir que los niños bajen de peso, sino en ayudarlos a crecer más sanos, sentirse bien y disminuir el riesgo de enfermedades durante el resto de sus vidas. La infancia es una etapa de enormes oportunidades. Actuar a tiempo puede marcar una diferencia que se extienda mucho más allá de esos primeros años.

Fuente: SOCHOB (22/10/26)